martes, 20 de octubre de 2020

Reparar

 El "sí quiero, para toda la vida, contigo y sólo contigo" de un hombre y una mujer, es el fundamento de un nuevo hogar. Ese amor se multiplica, se ensancha y comienza a albergar en su interior nuevas vidas. Cada una con su individualidad, pero unidas por un amor común y sostenidas por Alguien que es más grande que ellos.

Teníamos que representar nuestro hogar. Una caja, unas manos dibujadas en papeles de colores, recortadas, pegadas, una sobre otras, unidas. Me gustaba y no me gustaba mucho el resultado: las manos rodeaban la casa, pero no podía ver a todas a la misma vez, estaban en caras distintas de la caja.  

"Romper" fue la consigna. ¿Romper? ¿Romper lo hecho? ¿Aquello en lo que pusimos trabajo, paciencia, creatividad? ¿Por dónde? ¿Por dónde puedo romper sin dañar? Saco el "techo", saco el "piso", porque aunque no estén la familia permanece unida...

¿Por dónde más puedo ir? No quiero cortar las manos de mi hijos. No quiero que mis hijos "se rompan". Tampoco quiero romper la unión de las manos de mi esposo y mías... Sin embargo... en algún momento va a pasar, o ya pasó. En nuestra historia común o en nuestra historia personal anterior a conocernos. Algo nos puede partir o nos partió por la mitad... Aunque no queramos. Pueden ser problemas que afecten a toda la familia, o que quiebren a alguno en particular. 

En una sociedad en la que predomina la cultura del descarte, del usar y tirar, la tentación de bajar los brazos puede ser muy fuerte. Por eso cobra singular fuerza el arte japonés del Kintsugi, que repara lo dañado y le otorga un nuevo valor rellenando esas roturas con oro. 

Reparar. El objeto ya no es el mismo, sino que sale enriquecido, y hasta fortalecido después de esas heridas. En el caso de mi obra, ahora podía mirar todas las manos en un mismo plano. Y también adquirió una flexibilidad que antes no tenía y me di cuenta de que la rigidez original también la hacía más frágil. 

"La herida es el lugar por donde entra la luz", nos dijeron en clase. A veces nos cuesta enfrentarnos con el dolor. Con aquellas oscuridades de nuestra historia personal y familiar. Queremos esconderlas, dejarlas en un lugar donde no se vean y donde se puedan olvidar. Sin embargo están ahí. Y seguirán estando. De nosotros depende que, en lugar de ser piedras que nos arrastran y no nos dejan crecer, se conviertan en aquellos espacios por donde entra la luz, haciéndonos más fuertes y dando nueva vida a ese amor que está en el origen de nuestra historia. 



1 comentario:

  1. Hermoso y profundo este trabajo!!! Me hizo reflexionar nuevamente sobre lo valioso de aprender a vivir con las heridas cicatrizadas y el amor renovado.

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